MALDITAS CADENAS

Era la misma mierda de siempre. Una y mil veces la misma historia se repetía. Era aquella vieja historia que estaba anclada a sus cuerpos, a sus pieles y a sus recuerdos.

No era una historia de amor, jamás lo fue, ni lo será nunca. Tampoco era una historia de sexo ni de lujuria. Era simplemente la historia.


Era la misma mierda de historia de siempre.


Se buscaban incesantemente, una y mil veces. Daba igual el espacio o el tiempo. Nada de eso importaba, estaban por encima de la física, porque era pura química.

Siempre había una excusa para una vez más. Para repetir una y otra vez, la última, como siempre era la última. Cualquier pretexto servía, cualquier argumento era válido para acudir al otro.

Se juraban alejarse, odiarse y no volver a buscarse jamás. Era la misma mierda de siempre.


Se odiaban, se iban, recogían sus egos del suelo de la cama y marchaban sin mirar para atrás. Con aires altaneros, con paso firme, auto engañándose se precipitaban hacia el olvido. Pero era la misma mierda de siempre.

Era algo más que un mero apego, que atracción. Era pura magia, la misma mierda de siempre.

Los relojes de sus vidas no contaban, no hacían méritos para el olvido, ya que eran una maldita condena, que los apresaban cuerpo a cuerpo.


¿Cómo romper con aquel embrujo? ¿Cómo romper con aquellas cadenas malditas?


En cada reencuentro desvestían mucho más que sus cuerpos, por escasas horas sus almas quedaban al desnudo frente al otro. Ella temblaba cada vez que se embriagaba con su olor. Él vibraba con cada caricia que le ella le donaba.  

Se besaban con apetencia hasta que la ropa quemara y se desvaneciera entre aquel voraz apetito carnal. Ambos intuía como acabaría cada encuentro y eso los enloquecía. Sentían la desesperante necesidad de acoplarse uno dentro del otro. Esas locas ganas de encadenarse a las caderas del otro por un segundo, por unas horas, por una vida.


Esa pasión, ese fuego, esas ansias devastadoras. Ese impulso maldito que aniquila la razón. Que aleja el sentido común, que crea una magnitud de sentidos. Esa mágica sensación que fulmina los recuerdos, crueles, bárbaros, salvajes y atroces. Que deja a un lado la pena, la aflicción y las tristezas. Ese efecto que deja huella en las sábanas como un perfume caro. Que deja huella en la piel como el fuego. Que deja huella en el alma como ese amor de verano.


Era la misma mierda de siempre.


LES QUIERO CON MUCHO HUMOR

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