TU PLACER ES MI PLACER

Él estaba ahí, frente a ella, con esa mirada de lobo hambriento. Sentado en el sofá, con ansias de las manos de Sarah, de sus besos. Sus ojos plasmaban deseo por el sabor de sus labios, por arrancarle la ropa de un soplido.

El espacio ardía por el aroma de los cuerpos. La distancia ínfima entre ellos, el silencio de los gemidos ahogados en sus gargantas eran el precio de aquella tortura.

Sarah contemplaba cada lugar remoto de Robert. Sus ojos, sus labios, sus manos, su entrepierna. No perdía detalle de su presa.

La joven se sentó en el reposa brazos del sofá, y sin perder de vista sus bellos ojos, lentamente, muy despacio comenzó a abrir sus piernas. Allí permanecía él, inmóvil y callado contemplando el cruel juego de ella. Sabía que aquel era el precio que debía pagar por sus besos, que aquel era su tormento merecido y estaba dispuesto a sumirlo.

 

Sarah dejó ver su entrepierna tapado por aquellas finas medias negras. Con su mano lentamente comenzó a acariciar sus muslos, recorriendo el camino hacia el pecado.

Los ojos de Robert brillaban con candela en la noche. La respiración se le entrecortaba por aquella penitencia. Hizo un pequeño amago para tocar a la joven, pero fue inútil. Ella lo detuvo.

Sarah continuaba acariciando su cuerpo con la mirada clavada en aquellos bellos ojos rasgados que clamaban con – pasión.

Robert se acercó a las rodillas de la joven con sus largas manos. Sutilmente las deslizaba buscando el calor que manaba del centro de su ser. Sin dejar de mirar a los ojos a la joven, con un gesto brusco rasgó las medias de Sarah, dejando a la vista todo su sexo húmedo por la tensión de aquel momento. Robert se retiró para contemplar aquella imagen.

La joven entendió aquella leve retirada como una invitación al auto placer. Sabía exactamente qué quería en ese momento Robert. Entendía que debía acariciarse frente a él, y fielmente sumisa acató aquella orden muda. Con sus dedos comenzó a acariciar su clítoris frente a él. Robert gruñía casi como animal en celo. Su deseo le impedía quedarse inmóvil, pero aquella situación era realmente mágica para ambos, uno frente a otro, a escasos centímetros intentando controlar aquellos impulsos lascivos.


Pausadamente Robert se inclinó hacia delante. Quería sentir el calor de aquel volcán que fluía lentamente entre los muslos de la joven. El estruendo de las huellas del silencio marcaba las agujas del reloj. Las palabras se perdían entre los poros de la piel buceando por el mar de los pecados.

La mano de Robert se precipitó hacia aquella humedad expuesta. Un leve gemido se interpuso entre los labios de Sarah y el pecado. Le encantaba sentir el tacto de Robert. Disfrutaba con la cercanía de sus cuerpos y todo lo que le producía. Reclinó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos. Necesitaba huir de su mirada y centrarse en aquella explosión de sensaciones.

Robert acercó sus labios al sexo húmedo de Sarah y comenzó a besar con aquella grandiosa dulzura que le caracterizaba. Aquel momento fue casi un espejismo, como una alucinación. La desbordante vehemencia de aquellos cuerpos se interpuso. Robert agarró con fuerza las manos de la joven y la tiró al sofá, dejando a la joven boca abajo sobre el tejido distraído del sillón. Agarró con fuerza las caderas de la joven para incorporarla levemente. Delicadamente rozó su sexo con el de la joven, haciéndola brotar con locura. Sin previo aviso se introdujo en ella, estallando ambos cuerpos en desenfreno. Los gemidos nacían de sus labios al compás de sus caderas. Sus cuerpos se mecían al ritmo de la demencia. Sudorosos y exhaustos se apoderaban fugazmente hacia el éxtasis. Un hondo gemido emergió de Sarah, lo que hizo enloquecer al joven, dejando de lado la razón y adentrándose en aquel océano carnal. Casi al unísono sus cuerpos se dejaron caer consumidos por toda aquella pasión incontrolada.

 

LES QUIERO CON MUCHO HUMOR
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